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El país que quiso ser… Y lo fue



19 de septiembre de 2017. Se mueve la tierra ─y se mueve mucho─. Minutos que parecen horas, crisis que lleva a metamorfosis. Respiro, escucho, me muevo, pero mi cerebro tarda en construir una idea ante lo que ven mis ojos. La experiencia reta el concepto de lo que los filósofos han llamado sueño y vigilia de la razón”. Distinguir la realidad de la imaginación ─ante el horror de lo que se atestigua─ no resulta tarea fácil. En unos instantes la ciudad imponente, la jungla de asfalto, la metrópoli cosmopolita se vuelve campo de guerra; de guerra contra la indiferencia; el individualismo o la comodidad.

Aquellas voces que reclamaban la división ideológica, económica y política de México son acalladas por el patente surgimiento de unidad espiritual y material. El ejército y el pueblo se reconocen uno y lo mismo. Sociedad civil; ricos, pobres, nacionales o extranjeros; sin importar el color de la piel, la edad o la capacidad: todos unidos por un solo sentir, un solo sufrir. Salvar al que se pueda salvar. Ayudar al que lo necesita. Consolar al prójimo, sin importar su origen o pasado. Se trata de un epicentro de humanidad; que desencadenó un movimiento telúrico de unidad; de amor por lo humano como quizá no habíamos visto antes en México.

No es posible poner precio, medida o ponderación a la inmensidad. Cada vida humana es inmensa; es condición de posibilidad, de cambio, de mejora y de felicidad; y por ello la resignación, el darse por vencidos no tiene cabida en esa tensión entre aceptar y negar que aquellos bajo los escombros ya no están con nosotros. Se debe hacer todo lo posible… no… se debe hacer posible la vida, aún debajo de los escombros. Comprobar que esto no es así duele, duele mucho. ¿Cómo aprender a vivir con ello? ¿Acaso el sentimiento puede someterse a los dictados de la realidad? La voluntad con frecuencia le da la espalda a la inteligencia, y estos días son ejemplo claro. Volverlas a sentar a la mesa, juntas para que el festín de vivir prosiga, se antoja una tarea titánica. En esto reside lo épico de vivir después de la tragedia, en conciliar nuestro espíritu con el mundo. Que la voluntad, la inteligencia y el corazón se abracen con serenidad en medio del dolor para que cada uno volvamos a caminar siendo capaces de contemplar a la vera del camino la belleza, la alegría y el don inmenso de la vida que es capaz de un don más grande que ella misma: el amor.

El amor al prójimo hizo posible el amor a un país. El amor a un país es primero que nada amor a su gente. Estos días se reconoce y agradece el trabajo abnegadísimo de los soldados, de los marinos, de los bomberos, de los topos, de los policías, de los agentes de protección civil, de los rescatistas ─nacionales y extranjeros─, de los voluntarios, de los comunicadores, de los funcionarios públicos, y quizá de algún político. En suma, se agradece el abnegadísimo trabajo de la gente por la gente. En medio del dolor y la desgracia tiene lugar una fiesta movida y ruidosa como ninguna otra: la fiesta de la vida impregnada de humanidad y por tanto impregnada de amor. Estos días, este país es igual, libre y fraterno como ningún otro.

México, el país que quiso ser… y lo fue.

La pregunta que queda a cada uno responder es: ¿Qué sigue?

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