Primer año de gobierno: mesa de análisis

Un discurso de graduación...

Discurso de graduación, Licenciatura en Derecho
Generación 2006-2011
UNIVERSIDAD PANAMERICANA
25 de junio de 2011
Dr. Rodrigo Soto Morales

Dr. Juan de la Borbolla Rivero Dr. José Antonio Esquivias Romero Dr. Isaías Rivera Rodríguez Mtra. Isabel Álvarez Peña Graduandos de la Generación 2006-2011 de la Licenciatura en Derecho
Padres de familia y amigos aquí presentes: “El fin es lo primero en la intención y lo último en la consecución” reza el viejo adagio filosófico. Y es muy cierto. Hace cincos años, cada uno de los que ahora se gradúa tenía como finalidad e ilusión el llegar  a ser abogados. Hoy se podría pensar que por fin esa meta se ha alcanzado. Lo que   realmente hoy han conseguido es terminar los estudios mínimos requeridos para empezar a ejercer la profesión —y aún queda pendiente la última piedra de la titulación—. A partir de hoy comienza el camino para la edificación de su prestigio y su consolidación como profesionales, pero lo que es más importante, a partir de hoy sus responsabilidades de ciudadanos y de personas maduras deben de llevarlos a considerar que de nada vale ser una abogada o abogado brillante si antes no se es una buena persona. Como profesor, considero que es mejor tener en el aula alumnos “buenos”, que alumnos “brillantes”. Éstos podrán ser astutos y exitosos, pero los primeros son generosos y entregados, lo que a la larga contribuye más al bien común de la sociedad y a la felicidad propia. Es mejor entonces ser virtuoso que ser simplemente muy inteligente.

En su itinerario profesional y humano, les animo a no claudicar en su búsqueda por la verdad. Como profesionales del derecho no deben de olvidar que, la verdad, del tipo que sea, es el objeto propio del intelecto. Siguiendo a John Henry Newman, les recuerdo que cultivar el intelecto significa por lo tanto hacerlo apto para aprehender y contemplar la verdad. Pero el intelecto no discierne la verdad de modo intuitivo, o como un todo, sino poco  a poco y por acumulación, por un proceso mental dando vueltas en torno a un objeto, comparando, combinando, a través de la combinación mutua y adaptación continua de muchas nociones parciales, y por el uso, concentración y acción conjunta de muchas facultades y operaciones de la mente. (…) Semejante capacidad es el resultado de la formación científica y rigurosa de la mente, es una facultad adquirida de juicio, lucidez, sagacidad, sabiduría, alcance filosófico de la mente, autoposesión intelectual y reposo, cualidades ellas que no derivan de la simple adquisición de conocimientos[1], hace falta también poner en práctica las virtudes.

En sus años de paso por la Universidad Panamericana, ciertamente han adquirido un conocimiento científico-técnico en cuestiones de derecho y procesos legales, lo cual los ha dotado de herramientas para el ejercicio de la profesión. Pero en esta Facultad se ha intentado también dotarles de un conocimiento sobre lo que es el ser humano y otros aspectos de la vida que son importantes para ser personas de provecho, a este conocimiento me gustaría llamarlo conocimiento prudencial. Conocimiento técnico y prudencial, los dos tipos de conocimiento que existen según Carlos Llano Cifuentes, nuestro rector fundador (que en paz descanse) y con quien tuve el gusto de convivir en varias ocasiones, desde mis años mozos de estudiante. El aplicar la ley y velar por la instauración y vigencia de la justicia en las relaciones interpersonales y colectivas no es cuestión solamente de conocimiento técnico y científico. Para la sociedad y para la propia vida, es más importante la verdad que la justicia, es la justicia uno de los variados tonos del resplandor de la verdad. Es por ello que el conocimiento prudencial nunca debe subordinarse al conocimiento técnico. Basta ver alrededor, en nuestra cultura actual. Se ha privilegiado la técnica al humanismo, hoy como nunca el conocimiento técnico ha dado sus frutos, pero también, hoy como nunca el hombre “vagabundea”  en busca de certezas. Como abogados, no olviden que su vocación es de servicio y de entrega honesta, sacrificada y generosa. Esa concepción contemporánea que en algunos ámbitos  parodia nuestro oficio con analogías como la de lobos hambrientos, rémoras de un sistema corrupto, no es más que una reacción del imaginario colectivo a unos pocos casos de colegas que primero pensaron en sí mismos que en los demás. No olvidemos lo que señala Cicerón en su opúsculo “Los Oficios”: La avaricia y la ambición son dos causas muy comunes de la injusticia. La ambición de honra y del dinero es causa de la omisión de las obligaciones[2].

Muchas áreas de ejercicio de nuestra profesión tienen cierta similitud con muchas áreas de la medicina: para poder saber bien derecho, hay que practicarlo un poco. Muchachos, nunca dejen de estudiar, de investigar y de procurar ser creativos —claro, sin arriesgar imprudentemente los intereses de sus clientes—. No abandonen su conciencia crítica. En nuestra profesión, debemos estar no sólo al día, sino dispuestos a hacer las cosas de distintas maneras, evitando la cultura del “machote” y la imitación cómoda que engulla esa esforzada creatividad necesaria para el abogado. Si han de litigar o especializarse en el ejercicio procesal,  me permito recordarles lo que sostenía Carnelutti en su obra denominada “Carta a sus hijos”: No podréis saber verdaderamente lo que sea un contrato o lo que sea un delito mientras no halláis visto moverse ante vuestros ojos el contraste de intereses que encuentra en aquél su composición y en éste su exasperación. Esto quiere decir, hijos míos, que el estudio de la jusrisprudencia, con mayor razón que el de cualquier otra ciencia, comenzando en la escuela, es necesario proseguirlo en la vida[3].

Queridos graduandos: hoy comienzan una nueva etapa de vida que al igual que las anteriores no recorrerán solos. En la que terminamos hoy, los han acompañado sus padres y hermanos, parientes y amigos, pero en su proceso formativo como abogados, muy especialmente sus profesores.  Quiero aprovechar para agradecer a todos ellos. "El agradecimiento es la memoria del corazón..." A estos profesores que —en muchos casos también han sido mis profesores—, por su entrega y dedicación generosa no han escatimado tiempo y recursos para no únicamente transmitir conocimientos sino para formar personas. Quiero agradecer a los directivos de la universidad el dejarme ser parte de esta aventura educativa, que como todo en la vida, a veces es complicada, a veces divertida, pero siempre gratificante. Quiero agradecer al maravilloso equipo de la coordinación de licenciatura con quien tengo el honor de compartir esta misión, todos los días aprendo mucho de cada uno y de cada una. Pero en especial quiero agradecerles a ustedes muchachos, mis alumnos y mis coordinados pues ver su ilusión y sus luchas por sacar adelante su carrera me ha hecho volver —después de casi 6 años de no dedicarme al derecho— a redescubrir la belleza de nuestra vocación, la nobleza de nuestra misión y la grandeza humana que implica ser un “buen abogado”. Que nadie les lleve a abandonar sus ilusiones nobles y limpias. Sí, es verdad que el país atraviesa por una crisis fuerte y que todo apunta que llevará tiempo superarla. Sí, es verdad que el mundo está lleno de injusticias, corrupción y sinsabores. Sí, es verdad que las leyes del mercado se imponen a las leyes de la naturaleza. Sí, es verdad que la duda y el relativismo campean como los dueños de la realidad. Pero como dijera Tomás Moro, célebre jurista y académico inglés: “Los tiempos  nunca fueron tan malos, como para que un hombre bueno viva en ellos”.  El pesimismo es inútil, si lo vemos desde el punto de vista práctico.  Sólo el optimismo es la más realista de las actitudes en un mundo donde, pase lo que pase, la verdad brilla por su belleza. La verdad brilla en ustedes en este momento, no dejen que se opaque ese brillo viviendo en contra de su conciencia. Cuentan con el apoyo de sus seres queridos, de sus maestros y de Dios. Muchas gracias.

[1] NEWMAN, J. H., "Discursos sobre la naturaleza y el fin de la educación universitaria", EUNSA, Pamplona,1996, p. 165.
[2] CICERÓN, “De los Oficios y Deberes”, Porrúa, México, 2006, pp. 13-14
[3] CARNELUTTI, “Carta a sus hijos”, Estudios de derecho procesal, t. II, EJEA, Buenos Aires, 1952, p. 568.

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